Por Miguel Tilguant

Hace unos cincuenta años, el comercio en los mercados populares se desenvolvía en pequeños espacios y el volumen de compradores era también pequeño. Con el tiempo llegó el mejoramiento de las vías terrestres y se fue dando el fenómeno de la migración hacia la ciudad capital, lo que dio paso al aumento de personas dedicadas a la venta de artículos de cualquier tipo, especialmente el mercado de San Isidro. Por muchos años los mercados se mantuvieron funcionando dentro de espacios señalados por las autoridades, y los negocios fuera de aquellas instalaciones estaban constituidos apenas por unas pocas tiendas dedicadas a la venta de telas, camisas, ropa interior y zapatos. Las calles se mantenían aptas para la circulación, tanto de personas como de vehículos. Vale decir que en aquellos tiempos el número de vehículos en circulación no eran la gran cantidad y como el área que abarcaba la ciudad era reducida, la gente prefería hacer a pie el traslado de un lugar a otro.

Cuando la migración le fue aportando más habitantes a la ciudad, las instalaciones fueron resultando insuficientes y hubo necesidad de aumentar la oferta de artículos, los nuevos vendedores empezaron a tomarse las aceras, lo cual fue generando un problema para los peatones, y como poco a poco aquello se fue tomando como normal por parte de las autoridades, el desorden empezó a tomarse el lugar.

La falta de trabajo fue orillando a muchas personas a dedicarse a la venta de achinería, verduras y frutas, logrando con ello la expansión de los mercados, en esta ocasión, fuera de las instalaciones. Las aceras poco a poco fueron resultando insuficientes y al creciente número de vendedores no les quedó otra que apoderarse de las calles, creando ahora problemas a los conductores de vehículos.

Hoy en día la falta de espacio ha obligado a los nuevos vendedores a utilizar carretillas de mano para moverse de un lado para otro en busca de puntos con mayor afluencia de compradores. El creciente número de puestos, instalados de forma permanente en las calles adyacentes al mercado, ha traído problemas a las tiendas que en el pasado no tenían más competencia que el negocio de al lado.

Los vendedores, movidos por la necesidad de ganarse la vida, vencieron a las autoridades en su tarea de desalojarlos, y recuperaron el espacio de trabajo como su propiedad. Aunque no lo parezca, hay vendedores que no se andan con mucho trámite y si hay un interesado en el puesto, son capaces de pedir hasta medio millón de lempiras por su venta.Hoy que la economía del país ha tenido un retroceso, los vendedores de los mercados se han visto en aprietos y apenas subsisten a la espera de tiempos mejores. El comercio en los mercados se ha visto afectado por varios factores, uno de ellos es la promoción de la delincuencia en los medios de comunicación, esto ha vuelto temerosos a los compradores habituales, quienes hoy prefieren hacer sus compras en los supermercados y moles.

Otro factor que incide en el deterioro del comercio en los mercados es el desmedido uso del teléfono móvil y la compra de lotería, ya que la gente prefiere dejar de alimentarse para invertir en estas cuestiones. Ocurre que el bombardeo de frivolidad y consumismo en la publicidad vuelve a la gente cada vez más pretenciosa, y una vez que obtiene dinero, prefiere gastarlo en los negocios “de caché”. Solo vuelven a los mercados populares cuando su capacidad de compra no alcanza para más.

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