(Contribución del excelentísimo diputado vitalicio, doctor y general  Oswaldo Ramos Soto)

Con el “síndrome secular”, que es el paso de los primeros veinte años en el  devenir histórico, para transitar de un viejo siglo a un nuevo siglo, generalmente se anuncian nuevas y óptimas bondades para un país tan maravilloso como el nuestro -las mejores playas, las más bellas mujeres, los catrachos más aguerridos, los propios recursos inagotables de la tierra y los mares, los más justos empresarios, los políticos soñadores , las instituciones independientes, y un gobernante como jamás se había soñado-.

Es, ahora, el perfecto proemio para estar inmersos en un síndrome muy especial, como es el Síndrome del Milenio, con el que, en estos primeros veinticinco años, no sólo se está ya escribiendo un nuevo diseño histórico para nuestro país, sino que se erige, bajo la conducción de hombres y mujeres elegidos, una total y poderosa grandeza, como ejemplo para todos los países del mundo: En este Plan Divino, el objetivo principal es el de diseñar… ¡A nuestras propias deidades!

No es una tarea que hayan ordenado los dioses que en el mundo han sido…  Es la creación, por parte nosotros mismos, por parte de nuestros intelectuales -abogados y poetas casi todos-; de nuestra madre Iglesia y su altísima y reverendísima autoridad cardenalicia; de las sagradas congregaciones religiosas que anuncian una vida abundante; del feliz y agradecido pueblo, organizado, sano y alimentado, excelsamente educado para la consecución de la libertad y una existencia digna… Es la creación, decíamos, con todo merecimiento… ¡De nuestro propio Olimpo!

El Síndrome del Milenio ha sido extraordinariamente generoso con nuestro país por darnos, mediante un sistema político denominado “democracia traducida”, y sin que se haya producido cataclismo alguno, al mejor conductor de país sobre la faz de la tierra… ¡Nos ha dado a nuestro Zeus!

Por lo anterior, una vez codificado y regulado nuestro Plan Divino, una vez conformadas las comisiones de dictamen necesarias y presentadas sus recomendaciones, procedemos a dar nuestro histórico primer paso, comparable únicamente al “gran paso para la humanidad”:

En esta memorable fecha, nombramos democráticamente y por escogencia específica de nuestro Zeus, a la primera diosa, la cual,  una vez comparados los suyos con los atributos de las antiguas  Cárites, diosa de la belleza y ayudante preferida  de Afrodita y Hera; Hécate, diosa de la magia, la brujería y las encrucijadas; Moiras, diosa del destino y de la fatalidad y Nix, diosa de la noche; en primer y único debate, a nuestra primera habitante del Olimpo: ¡WELSY CÁRITES!, diosa de la belleza y ayudante preferida, esta vez, del mismísimo Zeus. Suficientemente discutido:

¡Se aprueba! ¡Queda aprobado!

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