Hondureños necesitan verdadero alivio de deudas

Una gran enfermedad no se puede contener con paliativos. Un analgésico sólo dará calma a una fiebre alta que no es más que un síntoma de algún padecimiento mayor. La pandemia en Honduras se traduce también como una acelerada pérdida del poder adquisitivo de los hogares (debido a la diversidad de complejidades de la economía nacional), por lo que las personas recuren al endeudamiento para hacer frente a sus gastos inmediatos o alargan su agonía por obtener algún bien capitalizable hoy por hoy.

La deuda de los hogares hondureños es hasta un llamado de atención para organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional - FMI, que tienen el apetito voraz de sangrar las venas trabajadoras de la sociedad con el expediente de las privatizaciones de las obligaciones del Estado. Hablamos de la salud, de la educación. Además de la reducción de presupuestos a los programas sociales y de apretar con impuestos los bolsillos de dichos hogares, entre otros...

Y, ¿cómo no prestarle atención? Sus niveles son escandalosos: sean para consumo, bienes raíces y otros, por medio de créditos personales, garantías, tarjetas de créditos y/o instrumentos financieros, que hacen tambalear de manera holística la economía de Honduras.

Sumado a lo anterior, la deficiencia se acrecienta por un sistema financiero oligárquico que, aprovechando por décadas a inútiles gobiernos, se colude con la corrupción para no cumplir con la función de brindar acceso adecuado de créditos a la población; aunado a una débil regulación de la Comisión Nacional de Bancos y Seguros - CNBS que, cuando el gobierno desea torcer el brazo de algún banquero, manda a contar costillas, una por una… O como sicarios reguladores, para encontrar anomalías en operaciones o incumplimiento de algunas normativas para, de esta manera, extorsionarlos. No mencionaremos el estado deteriorado de la banca estatal, sí, BANADESA y muy pronto BANHPROVI.

Ante tal problema, que podría poner en precario el endeble patrimonio del país por el nivel de endeudamiento de los hogares, se inyectan no sólo efectos adversos en la economía, sino también en lo social y político, con lo que se agudiza el complicado contexto de una lava volcánica que es necesario siempre mantener en observancia.

Por ello, el gobierno se empeña en vender una ilusión a la sociedad que desea cumplir con sus responsabilidades, y al mirar la magnitud del problema, lanza un paliativo; Ley de Alivio de Deuda para los Trabajadores (Decreto 118-2019 publicada en el diario oficial La Gaceta el 8 de noviembre del año 2019). Reconociendo: “Que existe un elevado endeudamiento de la población nacional contraído con entidades reguladas y no reguladas y otros esquemas de financiamiento de alto costo económico y que en muchos casos los prestatarios desconocen el proceso adecuado para lograr amortizar su endeudamiento y así dejar de pagar elevados porcentajes de intereses, que deterioran la situación socioeconómica de sus hogares”, (considerando tres de la Ley de alivio).

La presente ley “…tiene como objeto facilitar a los trabajadores que presentan condiciones de alto endeudamiento, con entidades financieras reguladas o no reguladas y casas comerciales, colegios profesionales, optar a un mecanismo de inclusión financiera, acceso al crédito y alivio financiero de consolidación de sus deudas, mediante el sistema financiero y cooperativo supervisado e instituciones de previsión y por medio de la deducción por planilla, siempre y cuando se apliquen condiciones de financiamiento, que mejoren la disponibilidad económica del trabajador con relación a sus ingresos” (artículo no. 1).

No obstante, dicha ley no ha dado ningún fruto. Es más, hasta el mandatario de Honduras en su cuenta de Twitter coloca: “Es inhumano que aún haya instituciones bancarias, de previsión o cooperativas, que no están aplicando la Ley de Alivio de Deuda. ¡No pueden seguir sordos al reclamo de miles de hondureños endeudados!” (24 de febrero del presente año). Lo que da claras señales sobre la inutilidad de la Ley.

Otra de ellas es el desinterés de un sistema financiero que no se encuentra estimulado a dirigir sus recursos a favor de los desprotegidos, simplemente porque se encuentra en una zona de confort donde el manejo de los bienes y servicios públicos le generan muchos réditos: la expansión de su imperio con diversas empresas agotando los espacios de interrelación económica de otros.

La política monetaria lo ha privilegiado sobre la población con altos rendimientos, y la colocación de crédito interno al gobierno también le da estabilidad y poder. Sobre todo, se mantiene a flote por el “lomo” de los hondureños sobreendeudados. El mejor cliente no es el solvente, sino el que necesita créditos y éste permanece siempre en mora…

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