Independencia y presidentes de Honduras (II)

Otro encantador portento que llegó al gobierno fue Rafael Callejas Romero.

Entre 1990 y 1994 sus medidas económicas neoliberales dieron como resultado la propagación de restaurantes de comida chatarra, en consecuencia, mejoras importantes en la salud dietética. Su interés ecológico lo llevó a promover la siembra de árboles como norma. Por pura humildad y discreción compró la edición completa de una revista española para que no fuera conocida la sencillez de su vivienda. Hay momentos culminantes en su vida: en uno de ellos lo deportaron del aeropuerto de Miami, con bolsa de papel en mano, acusado de “corrupción pública”, pero el imparcial sistema jurídico hondureño le entregó cartas de libertad a granel; en el segundo momento en Estados Unidos fue llevado a juicio y condenado por actos de corrupción conocido como Fifagate.

En 1994 llegó al poder Carlos Roberto Reina; decía que tenía los bigotes de Rodas Alvarado, las patillas de Morazán y un machete para cortar de tajo la corrupción. No supo que esa herramienta estaba oxidada, nunca pudo desenfundarla. Como buen liberal se declaró laico, al estilo de los ilustrados independentistas; en prueba de ello construyó una capilla en casa presidencial para orar a todos los santos y vírgenes del cielo. Nadie del Opus Dei lo haría mejor.

De 1998 a 2002 surge Carlos Flores y su nueva agenda sin anotaciones, muy serio, le toca enfrentar el Huracán Mitch que deja casi 7 mil muertos y más de 13 mil desaparecidos. Casi agradece al cielo por ese fenómeno de “proporciones bíblicas”. Muchos años después del desastre se sigue esperando el resultado material y contable de las millonarias ayudas recibidas. Fue el momento en que se inscribe la candidatura presidencial del panameño Ricardo Maduro, con la consciente complicidad de los liberales en el poder. Maduro profundizó los ajustes estructurales; liquidó la reforma agraria y debilitó las organizaciones populares. Ahora, con el patrocinio del Banco Mundial, se encarga de planificar y dirigir medidas privatizadoras de la educación pública.

En 2006 en el gobierno liberal de Manuel Zelaya, entre el populismo y medidas democratizadoras, ocurre el acto de corrupción más grande de la historia nacional: el golpe de Estado del 28 de junio de 2009 termina con ese gobierno en medio de masivas protestas populares y una feroz represión. El régimen golpista de otro liberal, con el respaldo de la reacción más conservadora y el apoyo del departamento de estado norteamericano en tan sólo siete meses, hacen desaparecer siete mil millones de lempiras.

Porfirio Lobo Sosa, continuador de la ruptura golpista, llega al poder presidencial en medio de la durísima represión y del elevado abstencionismo electoral; en el congreso se instala Juan Hernández; de inmediato se disparan los niveles de corrupción e impunidad y la narcopolítica asume todos los poderes. Actualmente, Lobo y Hernández, parecen distantes, pero son inseparables siameses encargados de profundizar el sistema económico que desangra el país y que se nutre del saqueo del tesoro público.

En líneas muy generales, así es el patriotismo de casi todos los presidentes de Honduras. Y el capataz de turno en septiembre se esmera en exhibir su habilidad en burdos espectáculos virtuales. Es el mes de la patria y el año de la pandemia, el de las 33 masacres y los más de 6 mil víctimas por Covid-19 debido al planificado desmantelamiento del sistema de salud pública, el del dinero robado a costa de la vida de muchas personas. También es otro año de represión al movimiento social que exige justicia y que valientemente se enfrenta a la mafia que gobierna Honduras.

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